domingo, 9 de abril de 2017

Capítulo tres: prioridades

  Esperé un tiempo providencial. No estaba recuperado, los picotazos aún dolían y, una vez que la adrenalina bajó su intensidad, empecé a sentir el cansancio. Necesitaba al mismo tiempo descansar y estar atento a cualquier sonido amenazante. Por un lado, el cuerpo necesitaba reponerse. Por el otro, no sabía cuál era mi situación exacta y qué riesgo corría ni cuán protegido estaba dentro de esta habitación. Dormitaba. El silencio era tal que no daba oposición alguna a mi cansancio. Mi atención se bifurcaba. Parece que mi cerebro respondía una pregunta que aún no me hice: venían desordenadas imágenes con un solo hilo conductor: hechos salteados desde que subimos al auto: la caída, el día que me casé, el ácido en la mano de Flavio, el frío, su cuerpo, los picotazos... No sé qué no daría para volver a la semana pasada y no vivir este momento.
   Soy un imbécil. Me quedé dormido. Se hizo de noche y es ahora una noche cerrada y oscura sin matices. Tengo una sequedad metálica en la boca. Si bien he descansado, sigo débil. Estoy famélico. Es un momento ideal para que mi suerte mejore. No solo tengo que encontrar comida, primero tengo que ver por donde voy y encontrar una linterna o algo que ilumine para poder buscar. Pienso que si había ácido en la cocina, puedo perder un dedo yendo a tientas. Y, si la suerte dadivosa se siente, espero que fuera de este lugar no me esté esperando peligro alguno con mayor paciencia a la mía. Ergo,  tenía que ir a tientas, para buscar algo con lo cual no ir a tientas para conseguir de comer y rezar en arameo por que esto ocurra sin que me ataquen ni me automutile en la oscuridad. Todo esto es desechable si decido en última instancia volver al sueño y esperar por la luz de la mañana. No es que tenga un despertador, pero nada parece ir a lo seguro. Hay dos muertos afuera que sirven de advertencia necesaria y me tienen pensado recorridos para evitar coincidir en su destino.

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