Esperé un tiempo providencial. No estaba recuperado, los picotazos aún dolían y, una vez que la adrenalina bajó su intensidad, empecé a sentir el cansancio. Necesitaba al mismo tiempo descansar y estar atento a cualquier sonido amenazante. Por un lado, el cuerpo necesitaba reponerse. Por el otro, no sabía cuál era mi situación exacta y qué riesgo corría ni cuán protegido estaba dentro de esta habitación. Dormitaba. El silencio era tal que no daba oposición alguna a mi cansancio. Mi atención se bifurcaba. Parece que mi cerebro respondía una pregunta que aún no me hice: venían desordenadas imágenes con un solo hilo conductor: hechos salteados desde que subimos al auto: la caída, el día que me casé, el ácido en la mano de Flavio, el frío, su cuerpo, los picotazos... No sé qué no daría para volver a la semana pasada y no vivir este momento.
Soy un imbécil. Me quedé dormido. Se hizo de noche y es ahora una noche cerrada y oscura sin matices. Tengo una sequedad metálica en la boca. Si bien he descansado, sigo débil. Estoy famélico. Es un momento ideal para que mi suerte mejore. No solo tengo que encontrar comida, primero tengo que ver por donde voy y encontrar una linterna o algo que ilumine para poder buscar. Pienso que si había ácido en la cocina, puedo perder un dedo yendo a tientas. Y, si la suerte dadivosa se siente, espero que fuera de este lugar no me esté esperando peligro alguno con mayor paciencia a la mía. Ergo, tenía que ir a tientas, para buscar algo con lo cual no ir a tientas para conseguir de comer y rezar en arameo por que esto ocurra sin que me ataquen ni me automutile en la oscuridad. Todo esto es desechable si decido en última instancia volver al sueño y esperar por la luz de la mañana. No es que tenga un despertador, pero nada parece ir a lo seguro. Hay dos muertos afuera que sirven de advertencia necesaria y me tienen pensado recorridos para evitar coincidir en su destino.
Solo. Relato tributo al Eternauta de Oesterheld
domingo, 9 de abril de 2017
Capítulo tres: prioridades
jueves, 6 de abril de 2017
Capítulo dos: Ahora, ¿dónde?
Han pasado unos días. Me encuentro en una especie de refugio para “boy scouts”. Estoy en una cama o sofá-cama. Creo que es lo segundo por lo incómodo que es. Un tal José me contó que me encontraron ayer. Estaba abrazado a un cuerpo al que le faltaba parte de las piernas. Luego supe que fueron unas aves cuyo nombre él no conocía y que, por una herida en mi espalda, dedujo que a mí me habían empezado a picar pero desistieron porque mi carne no estaba podrida. Ellos también estaban atrapados como yo. José me contó que había “una plaga muy fea dando vueltas por ese lugar”, según fueron sus palabras. Querían contactarse por radio pero sospechaban que se produjo una evacuación en la ciudad de improviso por lo cual nadie habría podido comunicarse con ellos por el mal clima o por la falta de tiempo debido a la emergencia.
Vino Flavio, el otro scout. Puso la pava con resignación. Desde donde yo lo podía ver -que era desde otra habitación del tamaño de un baño mediano- que empezó a hablar de una evacuación improvisada más dependiente de la suerte, siempre caprichosa, que de un plan elaborado y frío como el afuera, como era necesario. Habló de las cosas que tendrían que llevar y de las que tendría que dejar. Sostuvo que ir al norte era lo adecuado mientras que José preguntó si con la gasolina de la camioneta no alcanzaba para pasar al país vecino yendo para el oeste. José preguntó por mí como quien pregunta por un bulto más y Flavio dijo que no había lugar. Un peso extra evitaría, yendo al norte o al oeste, subir las pendientes heladas.
-No... Ya vienen. Y el culiao este no se va a recuperar a tiempo. Prepará las cajas con lo que haga falta. Dejale antibióticos...
Ruido de un rechinar breve, pero reconocible. Buscaban en un botiquín. Flavio hace el arqueo.
-Quedan tres cajas.
-Dejale una.
Me tenían que dejar a mi suerte para no depender tanto de la suya, de su suerte. Una mano intentó mantenerse anónima y cerró la puerta la puerta de mi habitación para que no atestiguara esa insignificante omisión en la evacuación más provista de apuros que de preparación: yo.
Me levanté. Era una cama al fin. Lo que me dolía eran los picotazos de esos pájaros carroñeros que gestaban fiebre en mi espalda. Con mucho cuidado y con un dolor severo puse una rodilla en el suelo y por el agujero de la cerradura observé cuando levantaban dos cajas que se notaban que eran livianas ya que las levantaron sin demasiado esfuerzo. Salieron por la puerta que abrieron con el codo uno detrás del otro. Flavio entró y salió sin que pudiera ver qué agarró. José volvía a buscar una tercera y aparente última caja cuando se dio vuelta y quedó inmóvil con la mirada fija en dirección contraria a donde le quedaba la camioneta. Llamó a Flavio con un grito de advertencia sobre un animal infectado. Seguro se trataba de la famosa peste que José describió como una especie de rabia, por la furia que despertaba en el animal. Flavio subió a la camioneta y José cerró la puerta del refugio. También cerró las ventanas.
Yo pensé rápido que si por alguna casualidad el animal entrara debería preocuparme por mí tal como lo hicieron ellos. Debería poner la cama contra la puerta. Sabía que por mi estado tendría que hacerlo lo más veloz posible y en pocos movimientos. Así que levanté la cama un poco desde los pies y la corrí lo suficiente para separar una punta de la cabecera de la pared. Quedó en diagonal. Luego fui al otro extremo y la corrí de manera que se adelantara un poco y quedara en línea recta con la puerta. El último esfuerzo sería correrla bien contra la entrada de la habitación de un movimiento seco. Quedaban desde los pies hasta la puerta unos sesenta centímetros. Levante la parte de los pies y me fui de espalda contra la puerta despacio, dejando que mi peso haga todo. La cama fue cediendo hasta que en un momento se oyeron vidrios rotos y la voz de José espantada. Escuché varios bramidos al mismo tiempo así que no me costó mucho deducir que era una manada de animales típicos de bosque. Me apuré y la pata de la cama hizo un chillido. Eso debió haber recordado al scout que yo me encontraba allí y con las últimas fuerzas que me quedaban lancé la cama –más bien la dejé caer- contra la puerta para terminar mi empresa a lo bruto. La cama cae a dos centímetros y escucho los pasos de Flavio embistiendo la puerta. Me lanzo de espalda a la puerta y pongo presión estirando la pierna contra el bendito mueble. La cama ya no me sería útil más que como tope para multiplicar mi fuerza.
Otro estruendo llega desde el otro lado de la habitación. Los animales vencieron la puerta, se los escucha muy alterados y digo alterados porque no sé si es furia o dolor lo que los motiva, hay algo humano en el unísono gutural de los rugidos. Noto que Flavio ha dejado de empujar y como no habla ni grita, supongo que se ha quedado pasmado por la impresión.
Intento ver por la cerradura pero no me deja su espalda. Aprovecho para levantar, arrastra y correr la cama. Tiene dos patas apoyadas en la puerta y dos en el piso, cual si fuera un caballo alzándose del piso. Ya no necesito estar contra la puerta. Un desnivel del piso, no da paso a que la cama ceda y ahora es una tranca enorme y pesada.
Sin estar sentado escuchando música, sin estar sentado en el banco de una plaza al aire libre haciendo nada, comenzó en mí una serie de cavilaciones para las que en otro momento hubiera necesitado la mayor de las concentraciones. La urgencia de llegar a un veredicto, a una conclusión era poderosa: ¿debía dejarlo entrar ahora? Sí, ahora que logré aislarme, dudo. De a dos podríamos sostener la puerta mejor que yo solo. Pero, ¿si aprovecha mi estado paupérrimo para arrojarme como una presa y escapar? Sé que no tuvo escrúpulos hace un momento para dejarme pero sé que sería conveniente resistir más embestidas de a dos, si es que esta no es la última. Este hombre me ha salvado y me ha abandonado sin que lo conozca yo a él y sin que me conozca él a mí. Mi Moral hace agua por todos lados, mi Prudencia está implacable y mi Tiempo indolente no se detiene un segundo en perderse en el olvido para pasar a ser recuerdo. Y lo que debo elegir ahora es con qué recuerdo me quedo: con el de un aliado de la supervivencia o con el de un traidor de la escapatoria. Y en ese recuerdo queda o un estigma o la muerte.
Vuelvo a ver por la cerradura: Flavio tomó un cuchillo. El miedo hace que el tiempo sea irreal. El animal no deja verse. Desde mi limitada perspectiva es como si estuviera peleando contra su sombra o la pared. De repente veo un hocico. Es elevado y fino. Tuve que acomodarme en cuclillas para ver desde abajo hacia arriba por un picaporte puesto a una mayor altura de lo que considero normal, todo fue un acto mecánico. El hocico es como el de un perro de raza Collie, no veo bien, pero parece un poco más alto, seguro que ante el ataque del cuchillo se sostuvo en sus patas traseras y por eso lo vi tan alto. Luego pienso "¿Cómo se me ocurre que fuera un perro?". Otro movimiento de Flavio, parece querer acercarse al animal para atacarlo. Veo desaparecer su mano contra el límite de mi visión. Dos movimientos bruscos. El cuchillo cae con sangre y él se toma su mano. Parece que no pudo ganar terreno. Vuelve a la distancia de antes. Parece que detrás de él hay una mesa y toma un frasco. Alcanzo a leerlo justo antes de que lo abra y arroje parte de su contenido hacia el animal desconocido. Era ácido muriático. El animal chilla y Flavio sale corriendo. Enciende la camioneta. Se va. Se lo escucha gritar y un crujido de huesos pone fin a su dolor.
Está oscureciendo y salir ya no es una opción.
domingo, 25 de septiembre de 2016
Capítulo uno: dolor.
(Relato homenaje a "El Eternauta", cómic/novela gráfica de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López)
Capítulo uno: un pequeño mundo de dolor.
Por estos lugares el viento es lacerante para los labios y la vista. Nadie cuenta quién pasó por aquí antes, en tiempos remotos. Nada lo retrata en su ausencia y, en todo el sentido de la palabra, sé que estoy perdido.
Hurgo en mi ser algún sentido voluntarioso que me vuelva ajeno al miedo. En realidad, en su búsqueda, procuro olvidar la muerte, dejar atrás la desesperación y aceptar lo irremediable.
Éramos cuatro los que habíamos perdido el rumbo en la noche. Ahora, perplejo, ignoro el camino adecuado y no avanzo aún desde al lado del cuerpo de la persona que amaba cuando todavía respiraba. Un cuerpo del cual no termino de decidir su abandono. Si bien el raciocinio no permite este tipo de encanto, en el que una persona muerta debe ser acompañada como si ella necesitara mi calor y como si yo necesitara su compañía, aquí perplejo estoy. Tampoco entiende la necesidad de cerrarle los ojos una vez que le ha abandonado el cuerpo la vida con el vapor último de lo que, luego supe, fue su póstuma exhalación. Continúo con la esperanza puesta en evadir la presencia física de la realidad con cálidos recuerdos metafísicos que me llevan al principio del viaje, cuando todo estaba lejos del horror de sus gritos, cuando podía contemplar su existencia en este viaje con ella, mi esposa, cuando sabía que viajaba viva y que yo era su mundo y yo sabía que ella era el mío. Así, cuesta sobremanera alcanzar claridad alguna. Es el orbe en mis brazos... Era... Si la duda es un mar, alcanzaba ya el piélago del pesimismo y la incertidumbre.
Había calma, una maldita calma que solo significaba soledad. El cielo no daba pautas de un horario exacto. Estuve inconciente y la estúpida suerte no me dejó morir porque decidió que tras varias vueltas cayéramos al vacío y que su cuerpo amortiguara mi caída, o bien, si se quiere, que mi peso se asegure de matarla. No sé si amanece o atardece. Si ha pasado un día o dos. No sé. No conozco el lugar; ergo, no sé cómo son los días aquí, donde la muerte ronda de antemano.