domingo, 25 de septiembre de 2016

Capítulo uno: dolor.

Solo. Otro camino. 
de Andrés Cardiff 

(Relato homenaje a "El Eternauta", cómic/novela gráfica de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López)

Capítulo uno: un pequeño mundo de dolor.

  Por estos lugares el viento es lacerante para los labios y la vista. Nadie cuenta quién pasó por aquí antes, en tiempos remotos. Nada lo retrata en su ausencia y, en todo el sentido de la palabra, sé que estoy perdido.
  Hurgo en mi ser algún sentido voluntarioso que me vuelva ajeno al miedo. En realidad, en su búsqueda, procuro olvidar la muerte, dejar atrás la desesperación y aceptar lo irremediable.
  Éramos cuatro los que habíamos perdido el rumbo en la noche. Ahora, perplejo, ignoro el camino adecuado y no avanzo aún desde al lado del cuerpo de la persona que amaba cuando todavía respiraba. Un cuerpo del cual no termino de decidir su abandono. Si bien el raciocinio no permite este tipo de encanto, en el que una persona muerta debe ser acompañada como si ella necesitara mi calor y como si yo necesitara su compañía, aquí perplejo estoy. Tampoco entiende la necesidad de cerrarle los ojos una vez que le ha abandonado el cuerpo la vida con el vapor último de lo que, luego supe, fue su póstuma exhalación. Continúo con la esperanza puesta en evadir la presencia física de la realidad con cálidos recuerdos metafísicos que me llevan al principio del viaje, cuando todo estaba lejos del horror de sus gritos, cuando podía contemplar su existencia en este viaje con ella, mi esposa, cuando sabía que viajaba viva y que yo era su mundo y yo sabía que ella era el mío. Así, cuesta sobremanera alcanzar claridad alguna. Es el orbe en mis brazos... Era... Si la duda es un mar, alcanzaba ya el piélago del pesimismo y la incertidumbre.
  Había calma, una maldita calma que solo significaba soledad. El cielo no daba pautas de un horario exacto. Estuve inconciente y la estúpida suerte no me dejó morir porque decidió que tras varias vueltas cayéramos al vacío y que su cuerpo amortiguara mi caída, o bien, si se quiere, que mi peso se asegure de matarla. No sé si amanece o atardece. Si ha pasado un día o dos. No sé. No conozco el lugar; ergo, no sé cómo son los días aquí, donde la muerte ronda de antemano.


No puedo pensar. No noté que estaba tan cansado y, mientras, el frío patagónico quiere apagar mi salud cual si fuera una vela demasiado cercana a una ventana abierta.

Eventualmente, los párpados me cerraron el mundo y mi estado consiente se nubló con él.